EL RINCÓN DE FERNY

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jueves, 16 de julio de 2020

RELIGIÓN EN LA ESCUELA, UNA ASIGNATURA MÁS


Estos días, por desgracia, vuelve a estar la Religión Católica en el candelero como bandera de disputa entre unos y otros.

El objetivo de la Enseñanza Religiosa Escolar (ERE) no es ni adoctrinar, ni convertir a nadie a la fe en Jesucristo.

La ERE se busca la inteligencia de la fe, por lo tanto presenta a los alumnos el hecho religioso en su origen y su desplegarse histórico en cada confesión.

Todos los alumnos tienen derecho a recibir una educación integral, que contemple todas las dimensiones humanas. La Religión ayuda a contemplar al ser humano como algo más que simple materia, porque es una inteligencia sentiente, capaz de trascendencia. Esa dimensión espiritual que debe ser educada al igual que las demás encuentra un espacio adecuado en la enseñanza de la Religión.

No debemos confundir a nadie, todas las personas tienen una dimensión espiritual que les hace dotar de sentido trascendente a la realidad inmanente en la que se desarrolla su vida. La fe es otra cosa, la fe es un don, la fe se pide; la dimensión espiritual se educa.

Ofrecemos un texto que puede ilustrar esa necesidad que podemos tener como seres humanos de conocer qué es la Religión, en este caso Católica para completar nuestra educación, no podemos renunciar a nuestra herencia cultural.

El texto pertenece a una persona poco sospechosa de buscar adoctrinamiento religioso como fue el socialista francés Jean Jaurès como respuesta a su hijo cuando le pide que le exima del estudio de la Religión en el Colegio. Las negritas son nuestras.

«Querido hijo: Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?

Si se trata de derecho , de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? -éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-.

Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.

¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta.

No fijándome sino en la cortesía en el simple “savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.

Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión.

La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación

Recibe, querido hijo, el abrazo de tu padre»

Incluso para poder renunciar libremente a ella, es necesario conocer la Religión de una manera sistemática, con un currículum objetivo y público, con unos criterios de evaluación y unos estándares de aprendizaje que permitan darle el estatuto de una asignatura más entre las demás.

La verdadera educación libera. Para rechazar, para seguir, para comprender, hay que conocer.

Jesús M. Gallardo Nieto – Profesor de Religión Católica

jueves, 30 de abril de 2020

SMDANI, CANCIÓN DEL RAPERO CANSERBERO QUE PROPONE UN COMPROMISO PARA CREAR UN MUNDO MEJOR

El sacerdote católico, youtuber de éxito y rapero, acaba de publicar un vídeo en el que comenta la canción del rapero suramericano Canserbero titulada "aceptas". En ella el rapero habla de despertar las conciencias en una sociedad en la que dice que el pobre está instalado en un conformismo, que acepta de la opresión. Que algunos ricos se sienten impotentes ante la desigualdad. Además critica la religión porque dice que anestesia a las masas para que acepten el sufrimiento y no hagan nada. 

Nuestro sacerdote youtuber al comentar el contenido de la canción, aprovecha para explicar en que consiste el  verdadero cristianismo. ¿cómo debe ser el auténtico cristiano?.

Smdani comienza diciendo que quien viva la religión así, se puede parecer, al vivirla, al opio; pero que esa no es genuinamente la religión cristiana. Es verdad que a lo largo de la historia se ha intentado utilizar la religión, al cristianismo, por intereses de poder. Cuando esto ha ocurrido se ha convertido en un obstáculo para la persona. Pero el cristianismo no es genuinamente  un opio sino que lleva al creyente a luchar por la justicia y amar al prójimo. El encuentro con Jesucristo lleva intrínsecamente al amor al otro. Dani sigue aclarando lo que es el verdadero cristianismo según nos dice el evangelio y la iglesia. Mira el vídeo es muy interesante.

jueves, 9 de abril de 2020

LA DIGNIDAD DEL SER HUMANO A PESAR DEL DOLOR Y SUFRIMIENTO


En esto tiempos de confinamiento y de dolor en el que, por desgracia, muchas personas están falleciendo por el coronavirus, me parece interesante reflexionar con la comparecencia del doctor en Metafísica de la Universidad de Barcelona, Eudaldo Forment Giralt en el Senado. En ella nos habla de la dignidad del ser humano y del valor intrínseco de la vida humana, aún en medio del dolor y del sufrimiento.



(TOMADO DEL BLOG RELIGIÓN EN NAVARRA)

miércoles, 14 de agosto de 2019

¿QUÉ ES EL ATEÍSMO?

Ateo es el hombre que afirma que Dios no existe. En algunas ocasiones, el ateo es antirreligioso o antiteísta, es decir, adopta una actitud de lucha contra la religión y a veces llega a perseguir a los creyentes.

Esta ha sido una postura minoritaria en la historia. De hecho, tras diversos intentos de imponer el ateísmo (en los regímenes comunistas, por ejemplo), la religión ha vuelto a florecer, pues está inserta en lo más íntimo del ser humano.

Esta idea ha calado muy profundamente en nuestra sociedad pues el hombre se considera autosuficiente, como si él mismo pudiera dar respuesta a todos los interrogantes.




Fuente: canal religión y cine  y  película el caso de Cristo

martes, 19 de marzo de 2019

RAZÓN, FE Y VERDAD UNIDOS. CONFERENCIA DE PABLO DOMÍNGUEZ

Pablo Domínguez fue sacerdote diocesano de Madrid y profesor de la facultad de la facultad de Teologías deSan Dámaso. Filósofo y teólogo amante de la naturaleza y que desgraciadamente nos dejó en un accidente de montaña en 2009 en el Moncayo.
En esta conferencia Pablo nos habla sobre la verdad como búsqueda contínua del hombre. De cómo la razón ayuda a la persona a entender el mundo y cómo ésta siendo limitada, encuentra su plenitud cuando se abre a la fe revelada, cuando se encuentra de pleno con la Razón increpada. Pone de manifiesto que no hay contradicción entre ciencia y fe y cómo cuando se actúa con humildad su relacción es inseparable ya que se iluminan mutuamente. La Verdad es una y al caminar juntos hacia ella nunca puede haber contradicción.
Os recomiendo visualizar este vídeo y después realizar un debate.


martes, 16 de mayo de 2017

FRANCESC TORRALBA: "NO ME GUSTARÍA MORIR Y DARME CUENTA DE QUE NO HE VIVIDO"

Paula Martínez del Mazo
@paulamartinezdm
Si estás leyendo estas líneas, puede que alguna de las siguientes cuestiones pasen por tu cabeza: ¿Por qué tenemos que hablar de esto?, estas preguntas me ponen nervioso, qué denso todo, ¡qué rayada!, en serio, no es necesario. Vamos a dejarnos de tonterías y a hablar de la vida real, para qué me voy a complicar la cabeza si no hay respuesta.
Al escuchar ciertas preguntas, respondemos casi de forma automática con una serie de respuestas en bucle que intentan rebajar las preguntas existenciales a la categoría de inútiles. Además, suele acechar una pereza bastante difícil de superar para terminar concluyendo que es más fácil no preguntarse. Francesc Torralba es filósofo, teólogo y actualmente es catedrático de Ética en la Universidad Ramón Llull. Entrevistarle implica que cada pregunta se vuelve en una aún más profunda. Sin embargo, este provocador de preguntas es, sobre todo, un buscador de respuestas. Dice que aquello de lo que muchas veces escapamos constituye al hombre, plantea que el deseo de infinito puede ser fruto de una patología o de una realidad  y que se nos va la vida en el modo de responder a esto.
Responder de una manera u otra a estas preguntas es inevitable. Francesc nos ayuda a entender en qué consiste esta encrucijada en la cual la ausencia de respuesta ya es, en sí misma, una respuesta contundente. Catalán, profesor universitario, experto en Kierkegaard, aficionado a correr maratones y al cross de montaña, casado y con cinco hijos.
Woody Allen, en una entrevista para El País Semanal dice lo siguiente:
“Vivimos en un mundo que no tiene sentido, ni propósito. Somos mortales, y todas las preguntas importantes… Para mí lo importante no ha sido nunca quién es el presidente de Estados Unidos, esas cuestiones van y vienen. Las preguntas importantes se quedan con nosotros y no tienen respuesta. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿De qué va esto? ¿Por qué es importante que envejezcamos, por qué morimos? ¿Qué significa la vida? Y si no significa nada, ¿de qué sirve? Esas son las grandes cuestiones que nos vuelven locos, no tienen respuesta, y uno tiene que seguir adelante y olvidarse de ellas”.

Woody Allen tiene muchas preguntas sin respuesta. ¿Es sólo él el que se las pregunta, se le ha soltado un tornillo o todos los hombres estamos un poco locos en este sentido?
Somos animales metafísicos. No podemos responder de un modo concluyente a las grandes cuestiones de la existencia humana. Menos aún de una manera científica. Sin embargo, la metafísica como disposición natural forma parte de nuestro ser y la cuestión del sentido es intrínseca a la condición humana.
No siempre se dan las circunstancias idóneas para que emerja la pregunta, pero cuando se interrumpe la lógica de los acontecimientos, cuando tiene lugar una experiencia límite como la muerte de un ser querido o una experiencia cumbre de extraordinaria belleza, verdad, unidad o bondad, aflora, con fuerza, la pregunta por el sentido.

¿No es irracional esperar algo que no se puede cumplir? Sabemos que no podemos volar y por tanto no intentamos saltar por la ventana para ver si esta vez es posible. Sin embargo, con la felicidad, por ejemplo, pasa lo contrario; tenemos muchas experiencias de fracaso y aún así, seguimos intentándolo. ¿Qué cree que hace al hombre seguir buscando?
El anhelo de felicidad es constitutivo del ser humano. Todos los seres humanos -dice Aristóteles- desean, por naturaleza, ser felices. La cuestión radica en aclarar en qué consiste ese estado de ánimo que denominamos felicidad y cómo alcanzarlo. La búsqueda de esa plenitud está en la dinámica del deseo y por múltiples vericuetos, en ocasiones, terriblemente dañinos, tratamos de encauzar la potencia de este deseo.

¿Tenemos todos los hombres los mismos deseos? ¿Cree usted que vienen “de fábrica”?
El ser humano es, por definición, un ente de deseo. Anhelamos lo que no somos, deseamos lo que no poseemos, experimentamos una inquietud ontológica que nos proyecta hacia algo que nos trasciende. Nada de lo que hay en este mundo colma esta inquietud ontológica. He aquí nuestro drama. Tampoco la vía de la extinción del deseo me parece humanamente viable, porque extinguir el deseo es como extinguir la condición humana. El deseo es fuerza motriz, principio de movimiento, voluntad de ser, pero, simultáneamente, la causa de todos nuestros padecimientos.

Usted no dice solamente que el hombre tenga deseos sino, además, que es deseo, que el deseo es una cualidad que le constituye,  ¿no es demasiado atrevido decir esto? ¿a qué se refiere exactamente?
El deseo no es algo que se posea de un modo extrínseco como se posee una casa o un libro. El deseo forma parte constitutiva del ser humano. Reconocerlo es fundamental para saber quiénes somos y de qué estamos hechos. Existen distintas formas y manifestaciones del deseo fundamental que vertebra la existencia humana, pero el deseo subsiste como tal y nos proyecta hacia lo que desconocemos, hacia algo que no podemos definir claramente, pero que barruntamos con la imaginación.

¿Qué es el deseo en el ser humano? ¿Cuál es la diferencia entre desear una Coca Cola o una sesión de masajes y, por otro lado, desear la felicidad, que mi marido o mujer me ame para siempre o que los que quiero no se mueran nunca?
Existen deseos de distinta naturaleza. Por un lado, está el deseo de tener, que se relaciona directamente con objetos, con realidades tangibles, con seres humanos. Uno desea un coche, pero también puede desear la presencia de un ser amado. Pero, por otro lado, está el deseo de ser, que se relaciona con lo que uno aspira a devenir, con sus ideales más profundos, con sus voliciones más secretas. Nada colma el deseo de ser porque este deseo es de naturaleza infinita. Por eso, el deseo ontológico descentra al ser humano, porque le conduce hacia lo que todavía no es, pero aspira a ser.

¿Por qué se dice que el deseo es signo de trascendencia, de naturaleza infinita? ¿No podría ser una cualidad del ser humano que no remite necesariamente a otra cosa? ¿Es más razonable pensar que sí?
Trascender es cruzar un límite, elevarse a un plano desconocido, explorar un territorio ignoto, tener la audacia de adentrarse en lo que está fuera del alcance de nuestra razón. El ser humano puede trascender de múltiples modos. Este anhelo de superación, de conocer lo desconocido, de indagar lo que está más allá de los límites de la razón, de cruzar las fronteras de lo conocido es el motor del desarrollo científico y tecnológico. Se puede trascender en el conocer, en el amar, pero también tenemos la capacidad de trascender el mundo de las pasiones y de poner entre paréntesis nuestras necesidades para conseguir un determinado fin. Dos palabras caracterizan la existencia humana: encarnación y vector. Estamos enraizados en la realidad empírica, en un entorno cultural, histórico y geográfico, pero, simultáneamente, apuntamos hacia algo que está más allá de este entorno, deseamos elevarnos para conocer qué hay más allá de él, descubrir qué territorios se extienden más allá.

¿Existe alguna relación entre los deseos del ser humano y el reconocimiento de la existencia de Dios? Si es así, ¿cuál?
Dios no es un objeto. Dios trasciende cualquier categoría y concepto humano. Está más allá de cualquier sistema teórico o formulación filosófica. La raíz de este deseo ontológico se puede explicar de dos modos: puede ser la manifestación de una patología fundamental, de un desorden de nuestro ser; pero puede ser, también, la expresión de Dios en nuestra naturaleza. La inquietud del corazón forma parte esencial del ser humano. San Agustín considera que Dios mismo ha instalado esta inquietud en el corazón del hombre y que ésta sólo puede ser colmada en el momento de la reconciliación con Dios. Yo considero que esta inquietud no puede ser fruto del azar y de la casualidad; que no puede ser un desorden constitutivo de nuestro ser.

Hay quienes plantean que la pregunta por Dios y su relación con el deseo del hombre es fruto del entorno cultural y de tradiciones conservadoras y/o radicales que pretenden implantar sus ideologías utilizando algo tan natural como el hecho de que el hombre desee. ¿Qué diría ante esto?
La palabra Dios es una de las palabras más manoseadas e instrumentalizadas de la historia. Es un significante que alberga una multiplicidad de significados. Todo ser humano es fruto de su circunstancia histórica, cultural y religiosa, lo que significa que no puede comprenderse al margen de su contexto inmediato. En ese contexto ha recibido una imago Dei, un modo de entender a Dios, pero todo ser humano, en virtud de su inteligencia espiritual, puede tomar distancia de esa imagen, someterla a crítica, cuestionar su naturaleza; puede poner entre paréntesis el sistema de prejuicios, de tópicos y de valores que ha recibido, de un modo inconsciente, a lo largo de su vida y preguntarse, en primera persona del singular, si Dios es algo más que la imagen mental que se ha construido de Él; es capaz de percatarse de la distancia infinita que existe en entre el ídolo que subsiste en su mente y el Dios que está más allá de toda palabra y de todo concepto.

¿Es verdad que todos los hombres, sin excepción, se preguntan en algún momento acerca de las preguntas últimas de la vida (Dios, el sufrimiento, el amor o la muerte)? ¿Es posible no plantearse estas preguntas?
Sería un despropósito afirmar lo que ocurre en la esfera interior de todos los hombres. Apenas conocemos nuestra propia interioridad, pues, como dice santa Teresa de Ávila, vivimos muy separados de nosotros mismos y nos conocemos muy poco. Existimos fuera de  nosotros mismos, en la ronda del castillo. Extrañamente visitamos las moradas del castillo interior. Por lo general, se sucumbe al fenómeno de la proyección. Uno proyecta en los otros lo que le ocurre a él, lo que siente en sus adentros, traslada a los otros lo que sufre interiormente, pero cada ser humano es un microcosmos único, un ente singular en la historia de carácter enigmático. De lo que no cabe duda, a mi modo de ver, es que cuando uno experimenta una situación límite y siente cómo todo lo que era sólido y consistente en su vida se derrumba, se deshace en la nada y siente como se precipita en el vacío, se pregunta por el sentido de su vida. Esta pregunta es un viaje sin retorno. Para algunos, la experiencia de la caída al vacío conduce al ateísmo, para otros es el principal motor de la fe.

¿Y si hay personas que no son capaces de reconocer nada más allá de lo que tienen delante?
Vivimos sumergidos en el seno de una cultura inmediatista y materialista. El mantra de esta cultura es conocido: sólo existe lo que se puede verificar empíricamente, lo que puede ser cuantificado, medido, sopesado, calculado, tabulado, en definitiva, lo que puede ser percibido. Sin embargo, la realidad trasciende lo que podemos conocer de ella. Existe un universo que está más allá de nuestra percepción, que se extiende en distintas direcciones y que no podemos someter a cálculos matemáticos, ni cuantificar. No podemos demostrar la existencia de esa dimensión de la realidad, pero somos capaces de entrever que la magnitud de lo real no puede contenerse en la esfera de la mente humana.

¿Cómo se descubre el significado último de la vida en las cosas o en los acontecimientos? ¿Se descubre en la vida o es fruto de la mera reflexión? ¿Existe un método?
La pregunta por el sentido trasciende los límites de la ciencia. No existe una respuesta apodíctica a tal pregunta. Aún así, uno puede meditar a fondo sobre lo que realmente colma su ser, sobre lo que le llena y lo que le realiza interiormente. Puede, también, aprender de otros y estar atento a sus relatos y experiencias. Para ello, es fundamental tener la audacia de cuestionar las grandes narrativas del sentido que se imponen en el imaginario colectivo. Con frecuencia, esas narrativas conducen al vacío y a la desesperación. Lo que llena al ser humano no es de orden material. Necesitamos objetos para vivir y para desarrollarnos, pero lo que verdaderamente nos llena se relaciona con la práctica del bien, con la verdad, con la unidad y con la práctica de la bondad. 

¿Nos podría contar una experiencia concreta de su vida en la que un deseo le haya llevado a hacerse alguna pregunta vital?
El fracaso que he vivido en distintas circunstancias de mi vida, tanto en el plano familiar como profesional, es una experiencia que ha activado, como pocas, la pregunta por el sentido. Cuando uno fracasa, se pregunta qué es lo que realmente importa, qué es lo que le sostiene en la vida, qué merece el esfuerzo y la dedicación; en definitiva, se pregunta para qué está en este mundo.

¿Qué desea Francesc Torralba? ¿Cómo se cumple? ¿Qué le decepciona?
Vivir a fondo. No me gustaría morir y darme cuenta de que no he vivido. La vida es don. Nadie ha decidido existir, pero tenemos la posibilidad de convertir cada día en una obra de arte, en una ocasión para crear belleza, verdad, unidad y bien a nuestro alrededor. He llegado a una conclusión paradójica: lo que llena más es darse. Me decepcionan las contradicciones que existen en mi ser; la distancia infinita entre lo que me siento llamado a devenir y lo que realmente soy; me decepciona la mezquindad humana, la estupidez, la crueldad, la violencia, pero, especialmente, el cinismo de los poderosos.

Fuente: 
INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN. UNIVERSIDAD FRANCISCO DE VITORIA.

http://web.elsentidobuscaalhombre.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=1670&te=39&idage=3134&vap=0

domingo, 26 de marzo de 2017

FILÓSOFA Y TEÓLOGA TATIANA GORITCHEVA " EL VACÍO DEL MUNDO OFICIALMENTE ATEO"

Tatiana Goritcheva nació en Leningrado en 1947. Estudió filosofía y radiotecnia. Como ella misma expone en el relato de su conversión, su juventud fue una muestra típica de lo que era capaz de producir el sistema ateo soviético, a excepción quizá de una cierta inquietud intelectual que sus estudios de filosofía le habían despertado. A los 26 años se convirtió al cristianismo. “Si alguien me pregunta —relata ella— qué significa para mí el retorno a Dios, qué es lo que esa conversión se ha hecho patente y cómo ha cambiado mi vida, puedo contestarle con toda sencillez y brevedad: lo significa todo. Todo ha cambiado en mí y a mí alrededor. Y, para decirlo con mayor precisión aún: mi vida empezó sólo después de haber encontrado a Dios”. Pocos años después, en 1984, puso por escrito el relato de su conversión.


De ningún sitio a ninguna parte

“Para las personas que han crecido en países occidentales no es fácil entender. Han nacido en un mundo de tradiciones y normas,
aunque ya no puedan considerarse totalmente estables. Esas personas han podido desarrollarse de una manera “normal”, leyendo los libros que han querido, eligiendo sus amigos y haciendo la carrera que han preferido. Han podido viajar a cualquier país. O han podido retirarse del mundo, para cuidar amorosamente de su familia, para encerrarse en un monasterio o dedicarse a la ciencia, eligiendo para ello el mejor lugar. Yo he nacido, por el contrario, en un país en que los valores de la cultura religión y moral fueron arrancados de raíz, de manera intencional y con éxito. Yo no vengo de ninguna parte ni voy a ningún lugar. Carezco de raíces y he tenido que caminar hacia un futuro vacío y absurdo.

Yo lo odiaba todo

Cuando era adolescente, una amiga mía se quitó la vida a los quince años porque no pudo soportar lo que le rodeaba. Dejó una nota que decía: “Soy una persona muy mala”, cuando era una criatura de corazón extraordinariamente puro, que no sufría la mentira, y que jamás pudo mentirse a sí misma. Aquella muchacha se quitó la vida al descubrir que no vivía como hubiera debido hacerlo y porque de alguna manera tenía que romper el vacío que le rodeaba y encontrar la luz. Pero no encontró el verdadero camino… Hoy, veinte años después de su muerte, yo puedo expresar lo mismo en un lenguaje cristiano. Mi amiga había descubierto su condición de pecadora. Había descubierto una verdad fundamental, a saber: que el hombre es débil e imperfecto, pero no alcanzó a conocer la otra verdad, aún más importante, que Dios puede salvar al hombre, arrancarlo de su condición de caído y sacarlo de las tinieblas más impenetrables. De esa esperanza nadie le había hablado, y murió oprimida por la desesperación.

Personalmente no podía compararme con mi amiga en sus dotes espirituales. Yo vivía como una bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y sin levantar la cabeza, sin hacer intento alguno por comprender o decidir algo. En las redacciones escolares escribía —como era de ley— que amaba a mi patria, a Lenin y a mi madre, pero eso era pura y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba; odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias, más aún me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás, y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte, y de modo totalmente absurdo, me habían traído al mundo. Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido, verano, otoño, invierno… Lo único que yo amaba era la soledad absoluta.

Más tarde, cuando ya supe leer, me parapetaba tras los libros… Sólo en ellos se vive sin angustia, sin postergaciones, engaños, y atropellos, sólo en los libros no se vive en una mentira permanente…

El desprecio que alentaba en mi interior, no fue obstáculo, sin embargo, para que externamente pasase por una niña tranquila y con éxito, que siempre destacaba por sus logros especiales, alabada por los profesores y querida por los compañeros. Naturalmente yo no me daba cuenta de lo incoherente de mi conducta, mi razón y mi conciencia callaban.

Nadie me había dicho que el amor está por encima de todo

Y en la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y “combativas”. Con esto se reforzó más mi orgullo, floreciendo plenamente. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.

Es bien sabido que mi generación dio muchísimos seguidores de Nietzsche. A Nietzsche lo leí cuando tenía diecinueve años (mientras que el Evangelio sólo lo leí a los veintiséis) y de inmediato me gustó mucho, como me gustaron también Sartre, Camus, Heldegger, y la filosofía existencialista, rebelde y tan cercana a nosotros. En los años de la liberalización, eran autores en parte permitidos, cuyas traducciones empezaron a circular. Para nosotros el existencialismo fue el primer sorbo de libertad, la primera palabra sincera que no estaba prohibida…

Por lo demás, es interesante consignar que nuestros caminos (el de occidente y oriente) pronto se separaron. La juventud occidental vivió los sucesos de 1968, recorrió el camino de una “politización” cada vez mayor de la conciencia y se enardeció con el marxismo… Nosotros, por el contrario, ahondamos más y descubrimos los valores imperecederos de la cultura, la historia y la ética. Y acabamos familiarizándonos con Dios y con la Iglesia… Así, nuestra liberación empezó con el descubrimiento del pensamiento occidental libre. Y es curioso que, cuando entramos en contacto con el mundo ancho y maravilloso del pensamiento cristiano, no mandamos al diablo al impío Sartre ni al orgulloso Camus. Pese a toda su antireligiosidad, Sartre pudo conducirnos hasta la frontera de la desesperación en que empieza la fe. Su idea central de que el hombre en cada segundo de su existencia tiene que tomar una decisión libre, es de hecho una idea cristiana. Porque a Dios le agrada el amor voluntario del hombre, y por respeto a la libre decisión de nuestra voluntad Dios no aniquila el mal en el mundo.

Pero no nos adelantemos

Para mí, en tanto que existencialista consecuente y rabiosa, durante mucho tiempo no existió el cristianismo ¿Para qué regresar a los viejos mitos? Pero en mi vida se afianzaba la tendencia a un orgullo cada vez mayor y a una mayor autodestrucción. Siguiendo la línea de Nietzsche yo me tenía por una aristócrata espiritual; es decir, por una persona “fuerte” capaz de dirigir y configurar mi propia vida gracias la decisión de mi libre voluntad. Las gentes “débiles” y vulgares no pueden hacer frente con “nada” a ese reto y escapan del absurdo y sin sentido de la existencia refugiándose unos en la familia, y otros en la política o en la carrera. Oh, cómo los odiaba a todos y qué bien entendía lo de “esclavizar” a los hombres para comprobar enseguida maliciosamente, que todos, tanto varones como mujeres, aman la esclavitud y hasta la buscan.

Dejé de mentir

Entonces aspiraba ya a una vida “íntegra” y consecuente. Me sentía filósofa y dejé de engañarme a mí misma y a los demás. La verdad amarga, terrible y triste, estaba para mí por encima de todo lo otro. Pese a lo cual mi existencia seguía tan desgarrada y contradictoria como antes. Yo sentía un gusto permanente por el contraste y el absurdo, por los imponderables de la vida. También alentaba en mí el esteticismo. Por ejemplo un día me gustaba mucho ser una alumna “brillante” y con el orgullo de la facultad de filosofía trataba con intelectuales sutiles, asistía a conferencias y coloquios científicos, hacía observaciones irónicas y sólo me daba por satisfecha con lo mejor en el aspecto intelectual. Por la tarde y por la noche, en cambio, me mantenía en compañía de marginados y de gentes de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Nos emborrachábamos en bodegas y buhardillas. A veces alquilábamos una vivienda simplemente para pasar el rato, tomar una taza de café y después desaparecer.

Sólo un hombre intentó una vez ponerme una contención. Debo calificarle con todo merecimiento como mi primer maestro. Fue nuestro profesor Boris Míchailowitsch Paramonov; era docente eventual en la facultad de filosofía y no pudo permanecer mucho tiempo. Ahora ha emigrado y vive en América. Una vez me dijo: – Tania, ¿por qué intenta usted destruirlo todo? ¿No comprende que ese placer destructivo ha sido desde siempre la miseria del pensamiento ruso? Vea usted que vivimos en un mundo en el que el nihilismo ya ha triunfado por completo. No tiene más que acudir al mercado soviético y sólo hallará mostradores vacíos. No hay nada de lo que debería haber en un mercado. En lugar de eso sólo se ve por doquier letreros en rojo que dicen “¡Adelante hacia la victoria del comunismo!”, “Un paso adelante y dos para atrás. Lenin”, etc. Ahí tiene usted su absurdo tan acariciado. Es algo que ya está creado por los bolcheviques. Por completo. ¿Qué es lo que usted desea agregar todavía?

Esas palabras me produjeron entonces una impresión profunda. Pero ni Paramonov ni yo sabíamos por entonces como se podía salir de ese círculo infernal y crear vida en lugar de destruirla.

Tampoco hallé una salida con mi entusiasmo por las filosofías orientales y por el yoga al que me dediqué después de las horas de estudio. El yoga me permitió sólo el acceso al mundo de lo absoluto, haciendo que mi ojo espiritual percibiese una nueva dimensión vertical de la existencia y destruyendo mi orgullo intelectual. Pero el yoga no pudo librarme de mí misma. Tenía un cierto carácter científico que a nosotros nos atraía en gran manera: con la ayuda de ejercicios y mediante el conocimiento de determinadas “fuerzas astrales y mentales” se podía apuntar de lleno y de un modo consciente al superhombre.

Pero ¿por qué y para qué? A esta pregunta respondía cada uno como más le venía en gana. Yo quería, naturalmente, convertirme en un dios. Yo quería ser la más inteligente y la más fuerte. Deseaba fundirme con el absoluto y sumergirme en la felicidad eterna. Ahora tenía que luchar contra ciertos sentimientos negativos como el odio y la irritabilidad, porque sabía muy bien que “consumen energía” y me arrojan a un plano más bajo de la existencia. Mas el vacío, que desde largo tiempo atrás venía siendo mi sino y me rodeaba de continuo, no estaba aún superado. Al contrario, se hacía cada vez mayor, se convertía en algo místico y amenazador que me angustiaba hasta la locura.

Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarme. A mis ojos me estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo.

¿Cuántos de mis amigos de entonces han caído víctimas de ese vacío horroroso y se han suicidado? Otros se han convertido en alcohólicos; algunos están en instituciones para enajenados… Todo parecía indicar que no teníamos esperanza alguna en la vida.

Mi segundo nacimiento

Pero el viento, que es el Espíritu Santo, sopla donde quiere.
Cansada y desilusionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y no conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empecé a repetirla mentalmente como un manirá, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces; entonces de repente me sentí trastornada por completo. Comprendí —no con mi inteligencia ridicula, sino con todo mi ser— que El existe. ¡El, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

En aquel instante comprendí y capté el “misterio” del cristianismo, la vida nueva y verdadera. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo deje mis valoraciones e ideales anteriores, sino también a las viejas costumbres.

Finalmente también mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaron sin más como admirables habitantes del cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres.

¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces?


Así empezó de nuevo mi vida. Mi redención era algo perfectamente concreto y real; había llegado de modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás, y sólo el Espíritu Santo pudo realizarla en mí, porque sólo El puede crear una “nueva criatura” y puede reconciliarla con el Eterno. Sólo por Él y su gracia puede solucionarse el conflicto central de la personalidad humana, el conflicto entre libertad y obediencia”.

TOMADO DE CATHOLIC.NET

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