EL RINCÓN DE FERNY

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domingo, 24 de abril de 2016

ENTREVISTA AL PADRE DAMIÁN, MÚSICO Y CANTANTE. PRESENTA SU PRIMER DISCO



El Padre Damián es un sacerdote joven que se presentó a el programa "la voz" con gran éxito. Es misionero de la orden religiosa de ,los redentoristas. Pone su talento al servicio del Reino. Anuncia el Amor y Misericordia de Dios a través de la música. En esta entrevista, que os dejo, se presenta, da su testimonio y presenta su primer album. Creo, que es un magnífico instrumento para acercar la Iglesia a los más jóvenes.




sábado, 23 de abril de 2016

CORTOMETRAJE, EL OTRO PARTIDO. EL PARTIDO DONDE NOS LO JUGAMOS TODO.

Con motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones, que se celebró el domingo 17 de abril, la Delegación de Pastoral Vocacional de la arquidiócesis de Madrid ha difundido el corto titulado: «El otro partido», en el que se muestra la labor muchas veces desconocida y silenciosa que realizan los sacerdotes. Son sacerdotes 24 horas dispuestos a llevar el amor y la misericordia de Dios a todos.
Los cuatro curas protagonistas tienen los mismos deseos que cualquier aficionado de fútbol: ver jugar a su equipo, pero por encima de todo está su deber como sacerdotes que no conoce horas ni descanso.
Este corto puede ser un  bonito recurso para dar a conocer de lo que se trata la vida sacerdotal y promover una cultura donde haya una apertura  a la vocación, a la llamada que Dios nos hace a cada uno.


martes, 5 de enero de 2016

¿POR QUÉ NO HAY MUJERES SACERDOTES EN LA IGLESIA CATÓLICA?

NO ES UNA CUESTIÓN DE DISCIPLINA O DE DERECHO, SINO DE LA NATURALEZA MISMA DEL SACRAMENTO DEL ORDEN: EL SACERDOTE REPRESENTA A CRISTO, ESPOSO DE LA IGLESIA

No es una cuestión de disciplina o de derecho. Si fuera así, la regla podría ser revisada. El sacerdote representa a Cristo, Esposo de la Iglesia. Se trata de la naturaleza misma del sacramento que ha recibido.

1. Las mujeres han desempeñado una gran función en el Nuevo Testamento y en toda la historia de la Iglesia. Sin embargo, ninguna ha sido ordenada nunca sacerdote.

Las mujeres forman parte del entorno de Jesús. Marta y María son propuestas como ejemplos: una es modelo de escucha, la otra de fe en la resurrección. Son precisamente las mujeres las primeras beneficiarias de una aparición del Resucitado. A ellas se les encarga la misión: “Id, decid a sus discípulos y a Pedro…”. Igualmente, entre los colaboradores de Pablo son nombradas varias mujeres.

En la historia de la Iglesia, ciertamente las mujeres han desempeñado funciones eminentes de muy distintos tipos: santa Blandina e innumerables mártires femeninas; santa Genoveva que fue la providencia de París; santa Juana de Arco que liberó a Francia; santa Catalina de Siena que no dudó en recordar a los papas sus deberes; santa Teresa de Ávila reformadora del Carmelo; santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, “la mayor santa de los tiempos modernos” según Pío X; la beata Teresa de Calcuta a quien el papa Juan Pablo II tanto admiraba,.. .

Lourdes es el reencuentro de dos mujeres: la Virgen María y Bernardette. La primera peregrinación de ámbito nacional en Francia es también mérito de una mujer, Margarita de Blic, quien se encargó de todo a condición de que fuera la única patrona: arrastra 300.000 adhesiones.

En la categoría de los santos, hay muchas más mujeres que en el Panteón de la República.

¿Y podrían ordenarse diaconisas? La cuestión es discutida; lo que sí es cierto es que nunca ha habido una sacerdotisa. El argumento no es decisivo porque podría tratarse de una conveniencia cultural; no es totalmente descartable, pero sería difícil apoyarse en la Escritura y la Tradición de la Iglesia para introducir esta novedad.

2. El quid de la cuestión no es la distribución de funciones sociales, sino el significado del sacramento del orden. El sacerdote no es, ante todo, un animador de comunidad, sino el representante de Cristo, Esposo de la Iglesia.

Si se tratara únicamente de funciones sociales, la Iglesia católica debería seguir la evolución de la sociedad, desde hace al menos un siglo. No habría dejado de seguir esta dirección, porque lo anticipó en concreto en la vida religiosa, tanto la contemplativa como la activa. Ya hace mucho tiempo que las hermanas dirigen escuelas u hospitales, que la abadesa o la priora dirige su monasterio.

Pero en la fe católica, así como para los ortodoxos, el sacerdote no se define en primer lugar por lo que hace. Se dice de él que actúa in persona Christi. Es Cristo quien actúa a través de él.

En la ordenación, recibe el Espíritu de Cristo para representarle, de manera suprema cuando celebra la Eucaristía y dice “este es mi cuerpo” o en el sacramento de la reconciliación cuando dice “yo te absuelvo de tus pecados”.

En la Escritura, Jesús se presenta a sí mismo como el Esposo de la Iglesia. Ya es una constante en el Antiguo Testamento: la alianza entre Dios y su Pueblo es una alianza de amor, una alianza conyugal, con sus deberes y sus reconciliaciones. En Jesús, Dios hecho hombre, esta alianza se anuda irrevocablemente.

Es por algo, que el primer signo dado por Jesús, en el Evangelio según san Juan, se sitúa durante un banquete de bodas, en Caná. Varios pasajes de los Evangelios hablan de bodas en las que Jesús es el Esposo. Él mismo se llama así (Mateo 9,15).

Hablando del matrimonio cristiano, san Pablo ve en él una imagen de la relación entre Cristo y la Iglesia. Dirigiéndose a los hombres, san Pablo les pide: “amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”. Después de recordar la palabra del Génesis sobre la pareja humana, san Pablo concluye: “Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (Efesios 5, 25-32).

Esta revelación es un tema ineludible. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que, sobre esta cuestión, que “la Iglesia se reconoce vinculada” (nº1577). Una nación puede cambiar su constitución a su antojo, como ha sucedido en muchos países en los últimos siglos. No sucede lo mismo en la Iglesia: se entrará siempre en ella por el bautismo de agua y de Espíritu: siempre se rezará el Padrenuestro y ningún papa inventará nuevos libros inspirados.

3. Otra cosa es la definición de pastor entre los protestantes o los evangélicos. Es normal que, entre ellos, la función se abra tanto a las mujeres como a los hombres.

La Reforma protestante no reconoce la ordenación de obispos, sacerdotes y diáconos como un sacramento. Para ellos sólo existe el sacerdocio común a todos los cristianos, en base a su bautismo. Se trata sólo, en consecuencia, de un reparto de tareas según los talentos de cada uno y las necesidades de la comunidad.

Entre las funciones, la de pastor es importante. Requiere una formación apropiada y está acompañada por una bendición. Pero el pastor recibe su misión del “consejo presbiteral”, es decir, de los fieles.

El pastor no está investido, por tanto, del simbolismo conyugal, con el que el sacerdote representa a Cristo Esposo de la Iglesia. Desde esta perspectiva, sería absurdo negar a las mujeres la posibilidad de ser pastoras. Igual que sería absurdo, en la Iglesia católica, negar a las mujeres que sean catequistas, directoras de colegio o profesoras de teología.

Hay que entender bien que la cuestión planteada no concierne a la disciplina eclesiástica. Es una cuestión fundamental sobre los ministerios en la Iglesia y sobre lo que Cristo ha querido al instituir a los apóstoles y al prometerles que estaría con ellos hasta el fin del mundo.

4. La perspectiva de la ordenación de mujeres es especialmente actual, en un momento en que los intentos se hacen para confundir los sexos en un solo género.

Nuestra época tiende a uniformar las funciones sociales, sin distinción de sexo. Este es el principio de la paridad, que quizás algún día habrá que aplicar en los dos sentidos, obligando a la magistratura, la enseñanza y la salud a contratar a tantos hombres como mujeres.

Pero algunas corrientes de la cultura actual van mucho más lejos negando toda especificidad masculina o femenina, incluso la biológica, fundiendo a uno y otro en un único género e instituyendo la equivalencia entre las uniones homosexuales y las heterosexuales.

Desde estas perspectivas, negar la ordenación a una persona perteneciente al “género” humano se convertirá rápidamente en un crimen y puede esperarse que un día la Iglesia católica vaya a juicio ante un tribunal europeo por discriminación.

La Iglesia católica cree, al contrario, que la distinción de masculino y de femenino es un tema de estructura, vital, lleno de sentido para toda la humanidad. Por eso, recuerda incansablemente el versículo del Génesis, que no concierte sólo a los judíos o a los cristianos, sino a toda la humanidad: “Hombre y mujer los creó”.

Suprimiendo el simbolismo conyugal vinculado al ministerio del sacerdote, la Iglesia católica avalaría una ideología ruinosa para la humanidad. No lo hará.

5. La situación de las mujeres en la Iglesia está destinada a evolucionar. Pero valdría más no obstinarse en un callejón sin salida.

¿Es satisfactoria la situación actual de las mujeres en la Iglesia católica? La mayoría de ellas respondería que “no”.

Ejercen responsabilidades reales, en las parroquias, en las diócesis, incluyendo funciones antes consideradas como más bien masculinas, como las finanzas y la gestión. Pero tienen la impresión de enfrentarse, al final, un día u otro, al autoritarismo de los clérigos.

Hay por tanto todavía mucho camino por recorrer para descubrir una verdadera complementariedad. Juan Pablo II escribió mucho sobre este tema, en particular en la encíclica La dignidad de la mujer. La sociedad civil no es un modelo en este sentido. Desde hace mucho tiempo, se oye decir que las mujeres harían las cosas “de otro modo”: todavía no se ha manifestado así.

El pasaje de la epístola a los Efesios sobre el matrimonio empieza con estas palabras: “Sed sumisos los unos a los otros”. El mismo Hijo de Dios no ha reivindicado nada (Filipenses 2,6). Pero la Iglesia católica haría un gran servicio a la sociedad si mostrara cómo la aceptación de las diferencias pide humildad pero aporta alegría.

TOMADO: ALETHEIA


viernes, 1 de agosto de 2014

SACRAMENTOS PARA SERVIR: EL ORDEN SACERDOTAL

Con este sacramento finalizo esta pequeña profundización primero sobre los sacramentos en general y luego sobre cada uno de ellos, dividiéndolos en tres grupos.
El sacramento del orden sacerdotal forma parte de los sacramentos de servicio. Con esta introducción iniciamos esta pequeña profundización.

1. El sacerdocio de Cristo y su vinculación con la historia sagrada.

De entre el pueblo de Israel, designado en Ex 19,6 como «reino de sacerdotes», la tribu de Leví fue escogida por Dios «para el servicio de la Morada del Testimonio» (Nm 1,50); a su vez, de entre los levitas se consagraban los sacerdotes de la antigua alianza con el rito de la unción (cfr. Ex 29,1-7), al conferirles una función «en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1).



El sacerdocio levítico prefiguró de algún modo en el pueblo elegido la plena realización del sacerdocio en Jesus, no ligado ni a la genealogía, ni a los sacrificios del templo, ni a la Ley, sino sólo al mismo Dios (cfr. Hb 6,17-20 y 7,1ss). Por eso, fue «proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), quien «mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados» (Hb 10,14). En efecto, el Verbo de Dios encarnado, en cumplimiento de las profecías mesiánicas, redime a todos los hombres con su muerte y resurrección, entregando su propia vida en cumplimiento de su condición sacerdotal. Este sacerdocio, que Jesús mismo presenta en términos de consagración y misión (cfr. Jn 10,14), tiene, por tanto, valor universal: no existe «una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo».



2. El sacerdocio en los apóstoles y en la sucesión apostólica



En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como consagración y misión: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17,18-19). Cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (cfr. Mc 3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (cfr. Lc 9,1-6), cuando les confiere el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn 20,22-23), cuando les confía la misión universal (cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión en que les ordena celebrar la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). En la misión apostólica ellos «fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés».


Durante su vida, «no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada (...) y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio». Es así como «los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad».

2. Naturaleza y efectos del orden recibido

Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo según la modalidad trasmitida por la sucesión apostólica. El sacerdocio ministerial se distingue del sacerdocio común de los fieles, proveniente del bautismo y de la confirmación; ambos «se ordenan el uno para el otro», mas «su diferencia es esencial, no solo gradual». Es propio y específico del sacerdocio ministerial ser «una representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor», lo que permite ejercer la autoridad de Cristo en la función pastoral de predicación y de gobierno, y obrar in persona Cristo en el ejercicio del ministerio sacramental.

La "representación de Cristo" subsiste siempre en el ministro, cuya alma ha sido sellada con el carácter sacramental, impreso indeleblemente en el alma en la ordenación. El carácter es, pues, el efecto principal del sacramento, y siendo realidad permanente hace que el orden no pueda ser ni repetido, ni eliminado, ni conferido por un tiempo limitado. «Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas, pero no deja de ser sacerdote" (Catecismo, 1583).

2.3. Los grados del orden sagrado

El diaconado, el presbiterado y el episcopado conservan entre sí una relación intrínseca, como grados de la única realidad sacramental del orden sagrado, recibidos sucesivamente en modo inclusivo. A su vez, ellos se distinguen según la realidad sacramental conferida y sus correspondientes funciones en la Iglesia.
El episcopado es «la plenitud del sacramento del orden». . Son sucesores de los apóstoles, y miembros del colegio episcopal, al que se incorporan inmediatamente en virtud de la ordenación, conservando la comunión jerárquica con el Papa, cabeza del colegio, y con los demás miembros. Principalmente a ellos corresponden las funciones de capitalidad, tanto en la Iglesia universal como presidiendo las Iglesias locales, a las que rigen «como vicarios y legados de Cristo», y lo hacen «con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada. De entre los oficios episcopales «se destaca la predicación del Evangelio. Porque los obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida», y «cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica. Finalmente, como administradores de la gracia del supremo sacerdocio, ellos moderan con su autoridad la distribución sana y fructuosa de los sacramentos: «ellos regulan la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en la participación de la eucaristía.
El presbiterado. A los presbíteros se les ha confiado la función ministerial «en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran cooperadores del orden episcopal para el recto cumplimiento de la misión apostólica.. Concretamente, los presbíteros «tienen como obligación principal anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Su función está centrada «en el culto eucarístico o comunión, en el cual, in persona Christi agentes, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cfr. 1 Co 11,26), representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (cfr. Hb 9,14-28)»[19]. Ello va unido al «ministerio de la reconciliación y del alivio», que ejercen «para con los fieles arrepentidos o enfermos». 
Los diáconos constituyen el grado inferior de la jerarquía. A ellos se les imponen las manos «no en orden al sacerdocio, sino al ministerio», que ejercen como una repraesentatio Christi Servi. Compete al diaconado «la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios.

3. Ministro y sujeto

La administración del orden en sus tres grados está reservada exclusivamente al obispo: en el Nuevo Testamento sólo los apóstoles lo confieren, y, «dado que el sacramento del orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica" (LG 20)» (Catecismo, 1576), conservada a lo largo de los siglos en el ministerio ordenado.

Para la validez de la ordenación, en sus tres grados, es necesario que el candidato sea varón y esté bautizado. Jesucristo, en efecto, eligió como apóstoles solamente hombres, a pesar de que entre quienes le seguían se encontraban también mujeres, que en varias ocasiones demostraron una mayor fidelidad. Esta conducta del Señor es normativa para toda la vida de la Iglesia y no puede considerarse circunstancial, pues ya los apóstoles se sintieron vinculados a esta praxis e impusieron las manos solo a varones, también cuando la Iglesia estaba difundida en regiones donde la presencia de mujeres en el ministerio no hubiese suscitado perplejidad. Los padres de la Iglesia siguieron fielmente esta norma concientes de tratarse de una tradición vinculante, que fue adecuadamente recogida en decretos sinodales. La Iglesia, en consecuencia, «no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal.

Una ordenación legítima y plenamente fructuosa requiere además, por parte del candidato, la vocación como realidad sobrenatural, a la vez confirmada por la invitación de la autoridad competente a ser ordenado. Por otra parte, en la Iglesia latina rige la ley del celibato eclesiástico para los tres grados; ella «no es exigida, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio, pero «tiene mucha conformidad con el sacerdocio», pues con ella los clérigos participan en la modalidad célibe asumida por Cristo para realizar su misión, «se unen a El más fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente en El y por El al servicio de Dios y de los hombres». Con la entrega plena de sus vidas a la misión confiada, los ordenandos «evocan el misterioso matrimonio establecido por Dios (...), por el que la Iglesia tiene a Cristo como Esposo único. Se constituyen, además en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres»[24]. No están obligados al celibato los diáconos permanentes ni los diáconos y presbíteros de las Iglesias orientales. Finalmente, para ser ordenados se requieren determinadas disposiciones internas y externas, la edad y ciencia debidas, el cumplimiento de los requisitos previos a la ordenación y la ausencia de impedimentos e irregularidades.

PARA PROFUNDIZAR Y TRABAJAR:



- FICHA SACRAMENTOS PARA SERVIR.
- TEMA SACRAMENTO DEL ORDEN.
- FORMACIÓN SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD ON-LINE SACRAMENTO DEL ORDEN.
- EJERCICIO SACRAMENTO DEL ORDEN.
- SOPA DE LETRAS SACRAMENTOS.
SOPA DE LETRAS SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD SOBRE EL ARDEN SACERDOTAL
- VÍDEOS:







 CORTOMRETRAJES "ALBA" Y "NORTE" SOBRE EL SENTIDO SACERDOTAL Y SU SER EN EL MUNDO:


jueves, 15 de mayo de 2014

¿CONOCES LA VESTIMENTA DE LOS SACERDOTES Y OBISPOS?


ALBA: Es una vestidura en forma de túnica, de color blanco y de corte simple. Simbolismo: Tiene un sentido bautismal. La pureza del alma lavada por el bautismo. El domingo segundo de Pascua, o sea, en la octava de Pascua, se solía deponer el "alba", el vestido blanco que habían recibido los neófitos en su Bautismo una semana antes. Por eso este domingo se llamó "dominica post albas", y más tarde "dominica in albis".
CASULLA: Vestidura Sagrada que se pone el Sacerdote sobre el alba y la estola y que sirve para celebrar la Misa. Está abierta por lo alto, para que entre la cabeza, y por los lados; cae por delante y por detrás desde los hombros hasta media pierna. Se usan en diferentes colores:
Blanco: para las fiestas y solemnidades.
Verde: Se utiliza en tiempo ordinario.
Rojo: Representa las fiestas de los mártires y misas especiales de los santos.
Morado: Para la Semana Santa y cuaresma, así como para la misa de difuntos.
CÍNGULO: Cordón o cinta de seda o de lino, con una borla a cada extremo, que le sirve al Sacerdote para ceñirse el alba. Simboliza la castidad.
DALMÁTICA: Es una túnica abierta por los lados y con mangas anchas, cortas y abiertas que usan los diáconos.
ESTOLA: Es la insignia sacerdotal, hecha a manera de una banda, de aproximadamente dos metros del largo que puede o no tener adornos y que se usa sobre el cuello y que cae hacia adelante. Simbolismo: la autoridad sacerdotal.

ACTIVIDAD SOBRE ORNAMENTOS LITÚRGICOS.


lunes, 17 de marzo de 2014

CORTO "LA LLAMADA" LA VOCACIÓN SACERDOTAL






En plena madrugada Samuel recibe la llamada de un extraño que dice conocerlo y tener la respuesta a sus preguntas existenciales. 
Vídeo vocacional de Contracorriente Producciones que nos ayuda a plantearnos diversas preguntas.