El Padre Damián es un sacerdote joven que se presentó a el
programa "la voz" con gran éxito. Es misionero de la orden religiosa
de ,los redentoristas. Pone su talento al servicio del Reino. Anuncia el Amor y
Misericordia de Dios a través de la música. En esta entrevista, que os dejo, se
presenta, da su testimonio y presenta su primer album. Creo, que es un magnífico instrumento para acercar la Iglesia a los más jóvenes.
UN BLOG QUE DARÁ MUCHA VIDA: LUGAR DE ENCUENTRO PARA LOS QUE BUSCAN Y APOYO PARA MIS CLASES
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domingo, 24 de abril de 2016
sábado, 23 de abril de 2016
CORTOMETRAJE, EL OTRO PARTIDO. EL PARTIDO DONDE NOS LO JUGAMOS TODO.
Con
motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones, que se celebró el domingo
17 de abril, la Delegación de Pastoral Vocacional de la arquidiócesis de Madrid
ha difundido el corto titulado: «El otro partido», en el que se muestra la
labor muchas veces desconocida y silenciosa que realizan los sacerdotes. Son
sacerdotes 24 horas dispuestos a llevar el amor y la misericordia de Dios a
todos.
Los
cuatro curas protagonistas tienen los mismos deseos que cualquier aficionado de
fútbol: ver jugar a su equipo, pero por encima de todo está su deber como
sacerdotes que no conoce horas ni descanso.
Este
corto puede ser un bonito recurso para
dar a conocer de lo que se trata la vida sacerdotal y promover una cultura
donde haya una apertura a la vocación, a
la llamada que Dios nos hace a cada uno.
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VALORAR,
VALORES,
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VÍDEOS VALORES
martes, 5 de enero de 2016
¿POR QUÉ NO HAY MUJERES SACERDOTES EN LA IGLESIA CATÓLICA?
NO
ES UNA CUESTIÓN DE DISCIPLINA O DE DERECHO, SINO DE LA NATURALEZA MISMA DEL
SACRAMENTO DEL ORDEN: EL SACERDOTE REPRESENTA A CRISTO, ESPOSO DE LA IGLESIA
No
es una cuestión de disciplina o de derecho. Si fuera así, la regla podría ser
revisada. El sacerdote representa a Cristo, Esposo de la Iglesia. Se trata de
la naturaleza misma del sacramento que ha recibido.
1. Las mujeres han desempeñado una gran
función en el Nuevo Testamento y en toda la historia de la Iglesia. Sin
embargo, ninguna ha sido ordenada nunca sacerdote.
Las
mujeres forman parte del entorno de Jesús. Marta y María son propuestas como
ejemplos: una es modelo de escucha, la otra de fe en la resurrección. Son
precisamente las mujeres las primeras beneficiarias de una aparición del
Resucitado. A ellas se les encarga la misión: “Id, decid a sus discípulos y a
Pedro…”. Igualmente, entre los colaboradores de Pablo son nombradas varias
mujeres.
En
la historia de la Iglesia, ciertamente las mujeres han desempeñado funciones
eminentes de muy distintos tipos: santa Blandina e innumerables mártires
femeninas; santa Genoveva que fue la providencia de París; santa Juana de Arco
que liberó a Francia; santa Catalina de Siena que no dudó en recordar a los
papas sus deberes; santa Teresa de Ávila reformadora del Carmelo; santa Teresa
del Niño Jesús, patrona de las misiones, “la mayor santa de los tiempos
modernos” según Pío X; la beata Teresa de Calcuta a quien el papa Juan Pablo II
tanto admiraba,.. .
Lourdes
es el reencuentro de dos mujeres: la Virgen María y Bernardette. La primera
peregrinación de ámbito nacional en Francia es también mérito de una mujer,
Margarita de Blic, quien se encargó de todo a condición de que fuera la única
patrona: arrastra 300.000 adhesiones.
En
la categoría de los santos, hay muchas más mujeres que en el Panteón de la
República.
¿Y
podrían ordenarse diaconisas? La cuestión es discutida; lo que sí es cierto es
que nunca ha habido una sacerdotisa. El argumento no es decisivo porque podría
tratarse de una conveniencia cultural; no es totalmente descartable, pero sería
difícil apoyarse en la Escritura y la Tradición de la Iglesia para introducir
esta novedad.
2. El quid de la cuestión no es la
distribución de funciones sociales, sino el significado del sacramento del
orden. El sacerdote no es, ante todo, un animador de comunidad, sino el
representante de Cristo, Esposo de la Iglesia.
Si
se tratara únicamente de funciones sociales, la Iglesia católica debería seguir
la evolución de la sociedad, desde hace al menos un siglo. No habría dejado de
seguir esta dirección, porque lo anticipó en concreto en la vida religiosa,
tanto la contemplativa como la activa. Ya hace mucho tiempo que las hermanas
dirigen escuelas u hospitales, que la abadesa o la priora dirige su monasterio.
Pero
en la fe católica, así como para los ortodoxos, el sacerdote no se define en
primer lugar por lo que hace. Se dice de él que actúa in persona Christi. Es Cristo
quien actúa a través de él.
En
la ordenación, recibe el Espíritu de Cristo para representarle, de manera
suprema cuando celebra la Eucaristía y dice “este es mi cuerpo” o en el
sacramento de la reconciliación cuando dice “yo te absuelvo de tus pecados”.
En
la Escritura, Jesús se presenta a sí mismo como el Esposo de la Iglesia. Ya es
una constante en el Antiguo Testamento: la alianza entre Dios y su Pueblo es
una alianza de amor, una alianza conyugal, con sus deberes y sus
reconciliaciones. En Jesús, Dios hecho hombre, esta alianza se anuda
irrevocablemente.
Es
por algo, que el primer signo dado por Jesús, en el Evangelio según san Juan,
se sitúa durante un banquete de bodas, en Caná. Varios pasajes de los
Evangelios hablan de bodas en las que Jesús es el Esposo. Él mismo se llama así
(Mateo 9,15).
Hablando
del matrimonio cristiano, san Pablo ve en él una imagen de la relación entre
Cristo y la Iglesia. Dirigiéndose a los hombres, san Pablo les pide: “amad a
vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”. Después de recordar la palabra
del Génesis sobre la pareja humana, san Pablo concluye: “Gran misterio es este,
lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (Efesios 5, 25-32).
Esta
revelación es un tema ineludible. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que,
sobre esta cuestión, que “la Iglesia se reconoce vinculada” (nº1577). Una
nación puede cambiar su constitución a su antojo, como ha sucedido en muchos
países en los últimos siglos. No sucede lo mismo en la Iglesia: se entrará
siempre en ella por el bautismo de agua y de Espíritu: siempre se rezará el
Padrenuestro y ningún papa inventará nuevos libros inspirados.
3. Otra cosa es la definición de pastor
entre los protestantes o los evangélicos. Es normal que, entre ellos, la
función se abra tanto a las mujeres como a los hombres.
La
Reforma protestante no reconoce la ordenación de obispos, sacerdotes y diáconos
como un sacramento. Para ellos sólo existe el sacerdocio común a todos los
cristianos, en base a su bautismo. Se trata sólo, en consecuencia, de un
reparto de tareas según los talentos de cada uno y las necesidades de la
comunidad.
Entre
las funciones, la de pastor es importante. Requiere una formación apropiada y
está acompañada por una bendición. Pero el pastor recibe su misión del “consejo
presbiteral”, es decir, de los fieles.
El
pastor no está investido, por tanto, del simbolismo conyugal, con el que el
sacerdote representa a Cristo Esposo de la Iglesia. Desde esta perspectiva,
sería absurdo negar a las mujeres la posibilidad de ser pastoras. Igual que
sería absurdo, en la Iglesia católica, negar a las mujeres que sean
catequistas, directoras de colegio o profesoras de teología.
Hay
que entender bien que la cuestión planteada no concierne a la disciplina
eclesiástica. Es una cuestión fundamental sobre los ministerios en la Iglesia y
sobre lo que Cristo ha querido al instituir a los apóstoles y al prometerles
que estaría con ellos hasta el fin del mundo.
4. La perspectiva de la ordenación de
mujeres es especialmente actual, en un momento en que los intentos se hacen
para confundir los sexos en un solo género.
Nuestra
época tiende a uniformar las funciones sociales, sin distinción de sexo. Este
es el principio de la paridad, que quizás algún día habrá que aplicar en los
dos sentidos, obligando a la magistratura, la enseñanza y la salud a contratar
a tantos hombres como mujeres.
Pero
algunas corrientes de la cultura actual van mucho más lejos negando toda
especificidad masculina o femenina, incluso la biológica, fundiendo a uno y
otro en un único género e instituyendo la equivalencia entre las uniones
homosexuales y las heterosexuales.
Desde
estas perspectivas, negar la ordenación a una persona perteneciente al “género”
humano se convertirá rápidamente en un crimen y puede esperarse que un día la
Iglesia católica vaya a juicio ante un tribunal europeo por discriminación.
La
Iglesia católica cree, al contrario, que la distinción de masculino y de
femenino es un tema de estructura, vital, lleno de sentido para toda la
humanidad. Por eso, recuerda incansablemente el versículo del Génesis, que no
concierte sólo a los judíos o a los cristianos, sino a toda la humanidad:
“Hombre y mujer los creó”.
Suprimiendo
el simbolismo conyugal vinculado al ministerio del sacerdote, la Iglesia
católica avalaría una ideología ruinosa para la humanidad. No lo hará.
5. La situación de las mujeres en la
Iglesia está destinada a evolucionar. Pero valdría más no obstinarse en un
callejón sin salida.
¿Es
satisfactoria la situación actual de las mujeres en la Iglesia católica? La
mayoría de ellas respondería que “no”.
Ejercen
responsabilidades reales, en las parroquias, en las diócesis, incluyendo
funciones antes consideradas como más bien masculinas, como las finanzas y la
gestión. Pero tienen la impresión de enfrentarse, al final, un día u otro, al
autoritarismo de los clérigos.
Hay
por tanto todavía mucho camino por recorrer para descubrir una verdadera
complementariedad. Juan Pablo II escribió mucho sobre este tema, en particular
en la encíclica La dignidad de la mujer. La sociedad civil no es un modelo en
este sentido. Desde hace mucho tiempo, se oye decir que las mujeres harían las
cosas “de otro modo”: todavía no se ha manifestado así.
El
pasaje de la epístola a los Efesios sobre el matrimonio empieza con estas
palabras: “Sed sumisos los unos a los otros”. El mismo Hijo de Dios no ha
reivindicado nada (Filipenses 2,6). Pero la Iglesia católica haría un gran
servicio a la sociedad si mostrara cómo la aceptación de las diferencias pide
humildad pero aporta alegría.
TOMADO:
ALETHEIA
viernes, 1 de agosto de 2014
SACRAMENTOS PARA SERVIR: EL ORDEN SACERDOTAL
Con este sacramento finalizo esta pequeña profundización primero sobre los sacramentos en general y luego sobre cada uno de ellos, dividiéndolos en tres grupos.
El sacramento del orden sacerdotal forma parte de los sacramentos de servicio. Con esta introducción iniciamos esta pequeña profundización.
1. El sacerdocio de Cristo y su vinculación con la historia sagrada.
De entre el pueblo de Israel, designado en Ex
19,6 como «reino de sacerdotes», la tribu de Leví fue escogida por Dios «para
el servicio de la Morada del Testimonio» (Nm 1,50); a su vez, de entre los
levitas se consagraban los sacerdotes de la antigua alianza con el rito de la
unción (cfr. Ex 29,1-7), al conferirles una función «en favor de los hombres en
lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb
5,1).
El sacerdocio levítico prefiguró de algún modo
en el pueblo elegido la plena realización del sacerdocio en Jesus, no ligado ni
a la genealogía, ni a los sacrificios del templo, ni a la Ley, sino sólo al
mismo Dios (cfr. Hb 6,17-20 y 7,1ss). Por eso, fue «proclamado por Dios Sumo
Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), quien «mediante una sola
oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados» (Hb
10,14). En efecto, el Verbo de Dios encarnado, en cumplimiento de las profecías
mesiánicas, redime a todos los hombres con su muerte y resurrección, entregando
su propia vida en cumplimiento de su condición sacerdotal. Este sacerdocio, que
Jesús mismo presenta en términos de consagración y misión (cfr. Jn 10,14),
tiene, por tanto, valor universal: no existe «una acción salvífica de Dios
fuera de la única mediación de Cristo».
2. El sacerdocio en los apóstoles y en la
sucesión apostólica
En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad
de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como
consagración y misión: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he
enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también
sean santificados en la verdad» (Jn 17,18-19). Cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (cfr. Mc
3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (cfr. Lc 9,1-6), cuando
les confiere el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn 20,22-23), cuando les
confía la misión universal (cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión
en que les ordena celebrar la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (1 Co
11,24). En la misión apostólica ellos «fueron confirmados plenamente el día de
Pentecostés».
Durante su vida, «no sólo tuvieron diversos
colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos
confiada se continuase después de su muerte, los apóstoles, a modo de
testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y
consolidar la obra por ellos comenzada (...) y les dieron la orden de que, a su
vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio».
Es así como «los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el
ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como
pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros
dotados de autoridad».
2. Naturaleza y efectos del orden recibido
Mediante el sacramento del orden se confiere una
participación al sacerdocio de Cristo según la modalidad trasmitida por la
sucesión apostólica. El sacerdocio ministerial se distingue del sacerdocio
común de los fieles, proveniente del bautismo y de la confirmación; ambos «se
ordenan el uno para el otro», mas «su diferencia es esencial, no solo gradual».
Es propio y específico del sacerdocio ministerial ser «una representación
sacramental de Cristo Cabeza y Pastor», lo que permite ejercer la autoridad
de Cristo en la función pastoral de predicación y de gobierno, y obrar in
persona Cristo en el ejercicio del ministerio sacramental.
La "representación de Cristo" subsiste
siempre en el ministro, cuya alma ha sido sellada con el carácter sacramental,
impreso indeleblemente en el alma en la ordenación. El carácter es, pues, el
efecto principal del sacramento, y siendo realidad permanente hace que el orden
no pueda ser ni repetido, ni eliminado, ni conferido por un tiempo limitado.
«Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser
liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se
le puede impedir ejercerlas, pero no deja de ser sacerdote" (Catecismo, 1583).
2.3. Los grados del orden sagrado
El diaconado, el presbiterado y el episcopado
conservan entre sí una relación intrínseca, como grados de la única realidad
sacramental del orden sagrado, recibidos sucesivamente en modo inclusivo. A su
vez, ellos se distinguen según la realidad sacramental conferida y sus
correspondientes funciones en la Iglesia.
El episcopado es «la plenitud del sacramento del
orden». .
Son sucesores de los apóstoles, y miembros del colegio episcopal, al que se
incorporan inmediatamente en virtud de la ordenación, conservando la comunión
jerárquica con el Papa, cabeza del colegio, y con los demás miembros.
Principalmente a ellos corresponden las funciones de capitalidad, tanto en la
Iglesia universal como presidiendo las Iglesias locales, a las que rigen «como
vicarios y legados de Cristo», y lo hacen «con sus consejos, con sus
exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su
potestad sagrada. De entre los oficios episcopales «se destaca la
predicación del Evangelio. Porque los obispos son los pregoneros de la fe que
ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir,
herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido
encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida», y «cuando
enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos
como los testigos de la verdad divina y católica. Finalmente, como
administradores de la gracia del supremo sacerdocio, ellos moderan con su
autoridad la distribución sana y fructuosa de los sacramentos: «ellos regulan
la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación
en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la
confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la
disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a
que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en la participación de la eucaristía.
El presbiterado. A los presbíteros
se les ha confiado la función ministerial «en grado subordinado, con el fin de
que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran cooperadores del orden
episcopal para el recto cumplimiento de la misión apostólica.. Concretamente, los presbíteros «tienen
como obligación principal anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para
constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor:
"Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Su
función está centrada «en el culto eucarístico o comunión, en el cual, in
persona Christi agentes, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de
su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cfr. 1 Co 11,26), representando
y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único
Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo
al Padre, como hostia inmaculada (cfr. Hb 9,14-28)»[19]. Ello va unido al
«ministerio de la reconciliación y del alivio», que ejercen «para con los
fieles arrepentidos o enfermos».
Los diáconos constituyen el grado inferior de la
jerarquía. A ellos se les imponen las manos «no en orden al sacerdocio, sino al
ministerio», que ejercen como una repraesentatio Christi Servi. Compete al
diaconado «la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la
Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios,
llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles,
instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles,
administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios.
3. Ministro y sujeto
La administración del orden en sus tres grados
está reservada exclusivamente al obispo: en el Nuevo Testamento sólo los
apóstoles lo confieren, y, «dado que el sacramento del orden es el sacramento
del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de
los apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla
apostólica" (LG 20)» (Catecismo, 1576), conservada a lo largo de los
siglos en el ministerio ordenado.
Para la validez de la ordenación, en sus tres grados,
es necesario que el candidato sea varón y esté bautizado. Jesucristo, en
efecto, eligió como apóstoles solamente hombres, a pesar de que entre quienes
le seguían se encontraban también mujeres, que en varias ocasiones demostraron
una mayor fidelidad. Esta conducta del Señor es normativa para toda la vida de
la Iglesia y no puede considerarse circunstancial, pues ya los apóstoles se
sintieron vinculados a esta praxis e impusieron las manos solo a varones,
también cuando la Iglesia estaba difundida en regiones donde la presencia de
mujeres en el ministerio no hubiese suscitado perplejidad. Los padres de la
Iglesia siguieron fielmente esta norma concientes de tratarse de una tradición
vinculante, que fue adecuadamente recogida en decretos sinodales. La Iglesia,
en consecuencia, «no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la
ordenación sacerdotal.
Una ordenación legítima y plenamente fructuosa
requiere además, por parte del candidato, la vocación como realidad
sobrenatural, a la vez confirmada por la invitación de la autoridad competente a ser ordenado. Por otra parte, en la Iglesia latina rige la
ley del celibato eclesiástico para los tres grados; ella «no es exigida,
ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio, pero «tiene mucha
conformidad con el sacerdocio», pues con ella los clérigos participan en la
modalidad célibe asumida por Cristo para realizar su misión, «se unen a El más
fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente en El y por El al
servicio de Dios y de los hombres». Con la entrega plena de sus vidas a la
misión confiada, los ordenandos «evocan el misterioso matrimonio establecido
por Dios (...), por el que la Iglesia tiene a Cristo como Esposo único. Se
constituyen, además en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe
y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni
mujeres»[24]. No están obligados al celibato los diáconos permanentes ni los
diáconos y presbíteros de las Iglesias orientales. Finalmente, para ser
ordenados se requieren determinadas disposiciones internas y externas, la edad
y ciencia debidas, el cumplimiento de los requisitos previos a la ordenación y
la ausencia de impedimentos e irregularidades.
PARA PROFUNDIZAR Y TRABAJAR:
- FICHA SACRAMENTOS PARA SERVIR.
- TEMA SACRAMENTO DEL ORDEN.
- FORMACIÓN SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD ON-LINE SACRAMENTO DEL ORDEN.
- EJERCICIO SACRAMENTO DEL ORDEN.
- SOPA DE LETRAS SACRAMENTOS.
- SOPA DE LETRAS SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD SOBRE EL ARDEN SACERDOTAL
- VÍDEOS:
PARA PROFUNDIZAR Y TRABAJAR:
- TEMA SACRAMENTO DEL ORDEN.
- FORMACIÓN SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD ON-LINE SACRAMENTO DEL ORDEN.
- EJERCICIO SACRAMENTO DEL ORDEN.
- SOPA DE LETRAS SACRAMENTOS.
- SOPA DE LETRAS SACRAMENTO DEL ORDEN.
- ACTIVIDAD SOBRE EL ARDEN SACERDOTAL
- VÍDEOS:
jueves, 15 de mayo de 2014
¿CONOCES LA VESTIMENTA DE LOS SACERDOTES Y OBISPOS?
ALBA: Es una vestidura en forma de túnica, de color blanco y de
corte simple. Simbolismo: Tiene un sentido bautismal. La pureza del alma lavada
por el bautismo. El domingo segundo de Pascua, o sea, en la octava de Pascua,
se solía deponer el "alba", el vestido blanco que habían recibido los
neófitos en su Bautismo una semana antes. Por eso este domingo se llamó
"dominica post albas", y más tarde "dominica in albis".
CASULLA: Vestidura Sagrada que se pone el Sacerdote sobre el alba y la estola y que sirve para celebrar la Misa. Está abierta por
lo alto, para que entre la cabeza, y por los lados; cae por delante y por
detrás desde los hombros hasta media pierna. Se usan en diferentes colores:
Blanco: para las fiestas y solemnidades.
Verde: Se utiliza en tiempo ordinario.
Rojo: Representa las fiestas de los mártires y misas especiales de
los santos.
Morado: Para la Semana Santa y cuaresma, así como para la misa de
difuntos.
CÍNGULO: Cordón o cinta de seda o de lino, con una borla a cada
extremo, que le sirve al Sacerdote para ceñirse el alba. Simboliza la castidad.
DALMÁTICA: Es una túnica abierta por los lados y con mangas anchas,
cortas y abiertas que usan los diáconos.
ESTOLA: Es la insignia sacerdotal, hecha a manera de una banda, de
aproximadamente dos metros del largo que puede o no tener adornos y que se usa
sobre el cuello y que cae hacia adelante. Simbolismo: la autoridad sacerdotal.
ACTIVIDAD SOBRE ORNAMENTOS LITÚRGICOS.
ACTIVIDAD SOBRE ORNAMENTOS LITÚRGICOS.
lunes, 17 de marzo de 2014
CORTO "LA LLAMADA" LA VOCACIÓN SACERDOTAL
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