EL RINCÓN DE FERNY

miércoles, 6 de noviembre de 2013

TESTIMONIO A. FROSSARD "DIOS EXISTE,YO ME LO ENCONTRÉ"

Ateo por la familia, encontró la fe en un instante
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard,
fue diputado y ministro durante la Tercera República, y primer secretario general del PartidoComunista francés. Se educó en un ateísmo total. Encontró la fe a los 20 años, de
un modo sorprendente, en una capilla del barrio latino, en la que entró ateo y salió, minutos
más tarde, «católico, apostólico y romano».
Ateo perfecto, pues no se planteaba el problema de Dios
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se pueden entender
contemplando a su propia familia, como nos lo cuenta él mismo: «Éramos ateos perfectos,
de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un pocoridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar
la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacía más que prolongar, en vano, un debate cerradomucho tiempo atrás por la razón, pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba
la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema.»
El mundo: material y explicable«Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte algunade nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. [...] No había Dios. El cielo estaba vacío;la Tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosaspor el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaríasus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios».
«Si a los 20 años quiere creer...»
«¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis
padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los 20 años,
si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo
que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los 20 años quiere creer?
Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educadosen la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, 30 o 40años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han recibido en la cuna
tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel.»
Su dormitorio«Mi padre era el secretario general del Partido Socialista. Yo dormía en la habitaciónque, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx,bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del
programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès.»
Fascinado por Marx
«Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba
al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra,
la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño
de niño.»
Día para el aseo
«El domingo era el día del Señor para los luteranos que, a veces, iban al templo, y
para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión
de otros. Para nosotros, era el día del aseo general en el agua corriente del
arroyo truchero, después del cual mi abuelo me friccionaba la cabeza con un cocimiento
de manzanilla.»
Navidad sin sentido
«En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre
nosotros, se extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros
también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte. [...] Almorzábamos
en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados.»
La fiesta de nadie
«Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa volvían a la familia
más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo
de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos
religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie.»
Sus padres, unidos por el socialismo
«Entre las izquierdas, la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu,
el más hermoso de los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella de -
bían mis padres, por otra parte, haberse encontrado. Mi madre —de espíritu curioso—
había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un auditorio obrero, con la fogosidadde sus 25 años, una inteligencia combativa y una voz admirable. Desde aquel
día, ella lo siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando
me contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis
padres desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento
dado de su existencia. La honestidad y la natural decencia de su vida en común me habían
dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no
tener fin, no había tenido comienzo.»
La política llenaba la vida familiar
«Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente
redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y
reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre.»
Jesucristo hubiera sido de los suyos
«Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para
la Persona —humana— de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mante nían
(con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral
y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros
por su amor a los pobres, su severidad con respecto a los poderosos y, sobre todo, por
el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso, de los situados
más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión.»
Encontró a Dios sin buscarlo
Pero sin tener mérito alguno, Frossard —porque Dios quiso y no por otra razón— fue
afortunado al recibir el regalo de la conversión. Él no buscaba a Dios. Se lo encontró:
«Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo
de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré».
Como una sorpresa imprevista
«Me lo encontré fortuitamente —diría que por casualidad, si el azar cupiese en esta
especie de aventura—, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París,
viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies
de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.»
Bastaron cinco minutos
«Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia
de Dios. Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del barrio
latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad
que no era de la Tierra.»
... Y una alegría inagotable
«Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico
y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios
que ni siquiera tenía intención de negar —hasta tal punto me parecía pasado, desde
hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia
humanas—, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico y romano”,
llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.»
Una transformación instantánea y total
«Al entrar tenía 20 años. Al salir, era un niño, listo para el Bautismo y que miraba en
torno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía
suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad,
sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos,
mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había
repantingado ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos
estaban cambiados.»
En absoluto fue un proceso
«No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede
tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que
prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada
vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso
que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de
una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las
razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no
existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba
en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una
especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino cómo no iba a
él y me lo encontré.»
No intervino en su conversión
«Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus
actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está
claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he
desempeñado papel alguno en mi propia conversión.»
Alarma familiar
«Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando
en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente
mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito, que mi familia se alarmó.»
No había que inquietarse
«Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo,
ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme
de manera indirecta, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia”
—dijo—, un efecto de la “gracia” y nada más. No había por qué inquietarse.»
Según el médico, se curaría de la enfermedad en un par de años
«Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales
síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a
la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación;
esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente
dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.»
Solo se le prohibió el proselitismo
«Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían
conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi
hermana menor. Ella se convertiría, a pesar de todo, al catolicismo, y mi madre también,
bastantes años después que ella.»
Best seller mundial
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció
el Gran Premio de la Literatura Católica en Francia en 1969, y que se convirtió en
un best seller mundial.
Intelectual católico influyente
En 1985 fue elegido miembro de la Academia de la Lengua y trabajó en la comisión
del diccionario. Murió en París, en 1995, a los 80 años de edad, tras haber sido uno
de los intelectuales católicos franceses más influyentes del siglo XX.
Fragmento de Dios existe. Yo me lo encontré, de A. Frossard.

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